La semana que acaba de pasar no tuve internet. Parece que hubo problemas con Movistar, que, por cierto, me he enterado de que ahora pertenece a capitales argentinos. Lo cierto es que tenía pendiente subir las fotografías —que publico con el permiso correspondiente— de mi última salida a «mi huaca favorita»: Mangomarca.
Salí dos días, el martes 29 y el miércoles 30 de setiembre, con mis
pequeños estudiantes del primer grado de secundaria. Quienes han salido conmigo
alguna vez recordarán que, al menos cuando estoy con los más pequeños, suelo
estar hiperactivo y preocupado, puesto que, por más que uno siempre insista en
las normas de comportamiento, algo diferente termina pasando.
El martes 29 salí con mis cotutorados, los estudiantes del 1.º «B». Ese día
fue el que más me demandó. Los chicos salieron tranquilos y estuvimos
acompañados por un padre de familia, el señor Farro.
Estando en la Pirámide del sector B, los estudiantes pudieron describir las
características de esta edificación y también sacaron algunas conclusiones
sobre su uso. Estuvieron emocionados, principalmente, por los adobones, que son
la técnica constructiva que diferencia a la cultura Ichma de la cultura Lima.
Las intervenciones más sobresalientes fueron las de los estudiantes Liam y
Sofía. Precisamente por ello, fueron elegidos para subir hasta la cima del
cerro El Chivo y observar el centro arqueológico inca que se encuentra en
Campoy.
Subí con cinco estudiantes del 1.º «B», pero uno de los elegidos se
descompensó y tuve que regresar con él. Luego, fui por los otros cuatro para
continuar subiendo hasta la cima. Nos tomamos algunas fotos, pudimos ver los
vestigios incas y retornamos.
Al llegar con los demás estudiantes, nos sucedió algo que no tenía previsto
—pero ¿quién tiene previsto un accidente?—: a una estudiante le cayó una piedra
en la ceja. La piedra había rebotado después de que uno de sus compañeros la
lanzara. Se le hizo la amonestación correspondiente al estudiante. La niña dijo
que no tenía ningún problema y que lo sucedido había sido accidental.
Pero algo más sucedería. Durante el retorno, uno de los niños se
descompensó y le empezó a salir sangre por la nariz, así que tuve que llevarlo
a una posta para que lo atendieran. Felizmente, el jovencito se recuperó y
pudimos continuar con lo planeado, es decir, ir a almorzar.
El miércoles 30 salí con los pequeños del 1.º «A» y la experiencia me resultó más sencilla, puesto que la madre de familia que nos acompañó, la señora Carmen Palomino, parece tener mucha experiencia llevando grupos y me facilitó las cosas en gran medida. También estuvimos acompañados por el señor David Ayala y mi exestudiante Kiara.
Igualmente, aprovechamos para hacer un comentario sobre la evolución de la
cerámica andina, siguiendo la periodificación de John Rowe. De esa manera,
reforzamos lo estudiado en la unidad V. Entre los más destacados por su
participación estuvieron los estudiantes Luber —que tenía una ventaja por haber
estudiado la cultura Lima— y Diana, una de mis mejores estudiantes de este año.
Ambos, junto a otros tres compañeros y a mí, subimos a la cima del cerro El
Chivo.
Me contentó mucho el comportamiento de los chicos en los carros, puesto que
no hicieron bulla y se mostraron respetuosos. Fuimos a almorzar al restaurante
Frito, que está en la avenida El Bosque, en Canto Rey, y luego retornamos al
colegio.
Para ambas salidas, los pasajes costaron cinco soles por estudiante ya que abordamos 5 unidades de transporte y todas nos cobró un sol por estudiante. Los
chicos me dieron seis soles y yo les devolví un sol. Quizás haya alguien a
quien todavía no le haya devuelto su vuelto porque no se acercó durante la hora
de recreo de ese día. Si es así, que no dude en pedírmelo.

