Estimados estudiantes del primero “A”, segundo “A” y quinto “B”, es una
molestia no poder comunicarme con ustedes porque mi PC está en mantenimiento…
en realidad no está en mantenimiento, porque no tengo un técnico que me lo
arregle ahora mismo. Estoy esperando la llegada de un conocido que sabe de esta
ciencia perniciosa llamada tecnología, pero me dice que llegará más o menos a
las 5 p. m.
Me pregunto qué haríamos como humanidad si no hubiera Internet y estos
dispositivos que dizque han hecho que las personas podamos comunicarnos más y
mejor. Creo – y esto lo digo así, muy cargado de mis prejuicios; entiéndase
prejuicios como información previa a alguna investigación – bueno, creo que
seríamos más felices.
Ahora mismo, en este momento, si
nadie tuviera un celular, una computadora u otra prótesis tecnológica, y
considerando estas insuperables manifestaciones del hartazgo de nuestra
sociedad frente a un gobierno acusado de corrupción, ahora mismo todos
estaríamos un poquito más tranquilos. Solo por decir: ¿nosotros qué haríamos?
En mi caso, estaría feliz, porque sería un día libre; como no podría ir al
colegio y como las autoridades no me dirían que estoy en la obligación de
conectarme con mis estudiantes, sencillamente sería como un día libre. No
tendría ninguna responsabilidad.

Claro, “ninguna” en relación a mi abnegado trabajo de profesor del Estado
peruano, porque en casa hay muchas cosas que hacer, sobre todo limpiar. Sí,
limpiar las ventanas, el baño, las escaleras, el pasadizo… nunca se termina de
limpiar. Lo otro: aprovecharía para tener tiempo de calidad con mi gata
Mishisú, a quien he tenido abandonada últimamente. También eso de “abandonada”
es un decir: que no la he mimado, que no me he tomado el tiempo de conversar
con ella sobre su proyecto de vida, que si quiere o no tener gatitos – cosa que
no puede porque está esterilizada –. Porque tener a alguien que depende de ti
no es solo una atención monótona: darle sus croquetas, limpiar su arenero y
arreglar, o tratar de arreglar, lo que ha dañado con sus uñas.
Hay muchas cosas que me gustaría hacer, quizás si no tuviera a la Mishisú –
cosa que no digo que no la quiera aquí conmigo, solo digo que quizá un día sin
ella también podría ser divertido –, si ella no estuviera me iría a la playa –
ahora, también sería genial ir a la playa con ella, pero supongo que no es un
lugar para este tipo de mamíferos –, iría a la playa y me sorprende porque
nunca antes pensé que me gustaría ir si tuviera un día libre, pero el último
año, con mis estudiantes de la promoción AZAIRUS, gocé de la playa de una manera
contemplativa, nada eufórico, pero eso me hizo sentir muy bien.
¿Y qué sería de ustedes? También serían un poquito más felices; me imagino
que, al no tener los celulares, tendrían que estar en la mesa, frente a frente,
con sus amados padres, y ellos y ustedes podrían mirarse a la cara y quizás – no
digo todos – algunos hasta reconocerían a sus hijos. Tendrían que conversar,
como se hiciera antaño, en los albores de la civilización humana, cuando la
vida transcurría con una simpleza bella, elegante y alegre, promovida – en la
Grecia antigua – por la diosa Hestia.
Me alegraría que los niños de primero le pregunten a sus padres qué
consideran ellos para decir que una persona es bella y analizar si es como dice
el profesor: que los griegos nos han influenciado mucho en lo que entendemos
por belleza. O quizás los de segundo podrían preguntarles a sus padres si
conocen o no al conquistador del Perú y qué tanto saben de él, qué les
enseñaron en su colegio sobre la conquista; en esto, pienso que los padres se
admirarían al recordar qué les diría el profesor de Historia en esas épocas –
espero que no les hayan llamado la atención por flojos. Y los chicos de quinto,
que están estudiando la contemporaneidad, es más obvio: tendrían que
preguntarles a sus padres qué piensan del régimen de Fujimori, o qué obras
importantes hicieron Toledo, Ollanta, Alan; ¿será cierto que Alan se mató para
evitar la justicia? ¿O será como dijo el cardenal Cipriani, que Dios lo recibió
en el cielo con las nubes abiertas?

Eso sería una conquista: poder tener una conversación con los padres a ese
nivel; sí, una conquista a favor de la humanidad, en contra de la tecnología
deshumanizante. Cuando Colón llegó a ver por primera vez el Orinoco, allá en
Venezuela, se maravilló de la naturaleza, de la más exótica de las naturalezas
de la humanidad, que le daba una bofetada a la bárbara Europa con la simpleza
de las aguas dulces encontrándose con las saladas. Sería así de admirable el
encuentro entre padres e hijos después de la desolación de nuestra intimidad
que supuso la llegada de esta tecnología.
Al comienzo sería fácil por la novedad, pero luego vendría una especie de
acomodo, entonces no sería tan fácil, pero luego estaríamos seguro que sería
mejor la vida sin esos aparatos. Sí, aquí habrá alguno que pensará que el
profesor Arias está delirando, pero quiero delirar en este momento, porque con
todos mis prejuicios – ya saben a qué me refiero con ese término -, creo que el
hombre tiene otra oportunidad y ella está en quitarse todas esas prótesis
que le engañan diciéndole ahora te
puedes comunicar mejor, pero lo que en verdad hacen es que ahora te puedas
alejar más de tus seres queridos.
Por cierto, un amigo, ingeniero de sistemas él, —cuando le comenté mi brillante teoría de que la tecnología nos aleja cada vez
más— decidió iluminarme con esta respuesta (conservo su estilo subestándar para
que aprecien la joya): “O sea, ¿y los que se fueron a trabajar a otro continente?
¿A ellos también los aleja la tecnología? Gil.”
Yo, que a veces
soy paciente, le respondí que, precisamente, si no existiera la tecnología, a
la gente le costaría muchísimo más decidir alejarse. Pero claro, hoy la
tecnología te promete que todo es fácil: que no es tan duro, que no es tan
incierto, que podrás comunicarte cuando quieras. Y así, con ese dulce engaño,
te hace creer que distancia no es abandono. Por eso resulta tan sencillo irse:
porque ya no parece que te estés alejando… aunque lo estés haciendo igualito.
No nos damos cuenta de que el ser humano es egoísta, y que ese egoísmo
natural, tal como lo describe Adam Smith, impulsa al hombre a ambicionar y,
muchas veces, a perderse. No afirmo que Smith entendiera el egoísmo como algo
negativo; más bien señalo que ese impulso hacia el propio interés puede
conducirnos en sentido contrario al bienestar, llevándonos a encontrar nuestro
propio mal.
Basta mirar a los políticos peruanos: ¿podemos creer que son felices con
sus grandes salarios? Observémoslos con atención y veremos que viven
atormentados, temiendo que en cualquier momento se descubran sus fechorías. Un
ejemplo es el caso de Alan García. Aunque algunos de sus partidarios sostienen
que se quitó la vida por honor, pocos lo creen, especialmente sabiendo que iba
a ser detenido por los actos de corrupción vinculados a su segundo gobierno.
Espero que esta reflexión al menos los anime a dejar un poco de lado la
vida virtual tan perniciosa en la que nos hemos metido. Como en este momento no
tengo acceso a mi PC con las facilidades necesarias para una clase virtual, les
dejaré una tarea. La actividad consiste en responder a las siguientes
preguntas:
(-) ¿Qué piensas sobre lo que dice el profesor Arias en este mensaje?
(-) ¿Qué tema de la historia que estás estudiando en esta unidad utiliza el
profesor en su reflexión?
(-) Haz las preguntas que el profesor dice que le gustaría que le hicieras
a tus padres y escribe qué es lo que piensan.
Copia estas respuestas en tu cuaderno y preséntalas en la próxima clase.