Muy temprano me preparé para encontrarme con mis estudiantes del Segundo “B”. Acordamos reunirnos a las 8:30 a.m., y aunque suelo llegar tarde a otros compromisos, cuando se trata de mis alumnos la responsabilidad pesa más. Además, este grupo es de los mejores que tengo: entusiastas, curiosos y con muchas ganas de aprender.
El propósito de la salida fue visitar la Basílica Catedral de Lima y recorrer las principales plazas del Centro Histórico —la Plaza Mayor y la Plaza San Martín—. La idea era acercarnos al escenario donde transcurrió buena parte de la Conquista del Perú, para contar luego con un bagaje previo en nuestras próximas clases.
Finalmente asistieron veintidós estudiantes, con mayoría de varones. Algunos no pudieron acompañarnos porque no cumplieron las indicaciones previas; este detalle, aunque parece menor, fue importante, pues refuerza en los chicos el valor de respetar las normas y acuerdos que asumimos como grupo.
Como ya es costumbre, viajamos en bus público. Fue una experiencia tranquila: los jóvenes se mostraron respetuosos, sonrientes y conversaban en voz baja. A medida que bajaban otros pasajeros, ellos iban ocupando asientos sin problema. La sencillez de estos traslados también enseña que aprender historia no requiere lujos, sino disposición.
Aprovechamos para hacer una parada en el Parque de la Muralla. Allí observamos los coches de tren comprados por la gestión del alcalde Rafael López Aliaga, abandonados y cubiertos de polvo. Mis estudiantes, atentos y críticos, no tardaron en preguntarse cómo era posible que el país invirtiera en chatarra.
En la Catedral se presentó un pequeño inconveniente: no había hecho la recepción formal con anticipación. Aun así, había avisado a los responsables y me arriesgué a organizar el ingreso en el momento. Mi plan era recorrer primero las plazas si no había guías disponibles, pero la suerte estuvo de nuestro lado y no tuvimos que esperar: pudimos ingresar y empezar la visita sin contratiempos.El recorrido entre la Plaza Mayor y la Plaza San Martín lo hicimos por el tradicional jirón de la Unión. En el camino identificamos casonas notables como el Palais Concert y la Casa Dubois. Esta última, pese a su lamentable estado, nos permitió descubrir en sus muros la huella del eclecticismo con aires árabes que aún resiste al tiempo.
Nuestra visita concluyó en la majestuosa Plaza San Martín. Allí reflexionamos sobre la importancia de este espacio, no solo por su valor artístico y sus esculturas, sino porque ha sido escenario de múltiples protestas y manifestaciones ciudadanas. Un lugar donde la historia se entrelaza con la voz del pueblo.

